
De la lluvia bendita de junio, tres gotas en esta ventana.
Destellos de luz, que la gravedad insaciable hace breves.
Diminutos universos a punto de extinguirse, presos en un ciclo de ascenso y caída.
Todo en ellas nos recuerda nuestro frágil ser.
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par Boris Leonardo
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Es junio en La Habana y llueve casi todas las tardes. Antes los primeros aguaceros caían en mayo, pero con el cambio climático
ya nadie sabe.
La primavera tarda en llegar. Un día descubrimos los flamboyanes cubiertos de flores rojas y amarillas, y estos árboles de la
Avenida de los Presidentes, en El Vedado, vestidos de blanco o de un rosado muy tenue.
Pero el esplendor es breve. La lluvia deshace los frágiles pétalos, que cubren las aceras y se tienden sobre el asfalto. Los
transeúntes viven por unas horas la ilusión de una nevada.
Fresco, el aire alegra. No importa caminar, hacer malabares sobre los charcos, esquivar el barro; no importa que la nube sea
gris, no asusta el trueno; y los paraguas de colores se saludan, y la tierra exhala su promesa de vida.
Junio es mes de ansiedad, el umbral de las vacaciones. Aún la luz no molesta, ni sofoca la humedad ferviente, ni duele la
fatiga.
Mas esta primavera vacilante pasa también demasiado pronto. Luego será ya el verano: infinito agobio.
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par Boris Leonardo
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Por aquí anduvo Dios una mañana. Nos dejó esta estela.
Es costumbre del Señor trazar este tipo de señales en el cielo. Antes firmó con el arco iris su alianza con la humanidad
--dignamente representada por Noé y su familia--, y con todo animal viviente que la acompañase.
El mensaje ahora no parece tan claro. Tal vez sea necesario leer entre nubes.
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par Boris Leonardo
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El buitre leonado (Gyps fulvus) habita en Europa --desde Portugal hasta Crimea--; África septentrional
y Asia occidental hasta el Himalaya y la India. Puede volar durante horas a alturas entre 1.800 y 3.500 metros sobre el nivel del mar, y desplazarse distancias en torno a los 300 kilómetros
en busca de animales muertos, de los cuales se alimenta.
Cuando uno de ellos localiza una carroña se forman grandes nubes convergentes, que caen sobre el alimento, no sin peleas. El cadáver de un gran mamífero: he ahí su gran
manjar.
Dentro de la jaula donde sobrevive en el Zoológico de La Habana, el buitre leonado observa el ajetreo de los visitantes, la mayoría niños. Insignificantes criaturas de corta vista, pegadas a la
tierra, torpes en su andar.
Resignado a su destino entre barrotes de vulgar materia, el buitre leonado nos observa. Tiene la memoria, tal vez, de la
cálidas corrientes de aire que lo mecían sobre las nubes: el recuerdo del cielo vasto. Conoce el principio difícil de la vida, y el final que nos hace idénticos. Sabe que las preguntas que nos
agobian, sin respuesta quedarán, inertes. Suyos son el sosiego y la sabiduría. Le pertenece la nostalgia.
par Boris Leonardo
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