Entre la piedra carcomida en su venerable ancianidad.
Y el glamour apagado de los neones.
Ceñida por el muro:
aquí la tierra, allá el cielo;
aquí la muerte lenta, allá el vértigo.
Una frontera de cemento nos desfigura.
¿Qué ruta nos queda intentar?
¿A dónde la brújula nos condena?
A huir:
la palabra rota,
el ánimo vencido,
el súbito fin.
PS: Ver esta foto en Flickr.

Ilusorio tren que en la marisma cotidiana tu ser agitas. Bostezo de arcos y puertas: la Estación, donde la sombra de un
pasajero tardío, clamor despierta. Escala de acero y madera, para ascender hacia un lugar: el tiempo. Aquella gravedad horizontal de Oliverio.
¿Quién ha visto una mujer sus ropas lavadas tender al sol de esta Ciénaga: su casa? ¿O al perro aliviar su mañana al pie de la cruz? ¿Y quién la algarabía de chiquillos perderse en el
matorral, selva de sus fantasías?
La Ciénaga agoniza junto a la línea, que marca la ciudad con su cicatriz de hierro. Mas no perece, porque su espera es, de la Isla, veraz reflejo.

Desde casi cualquier sitio de La Habana puede verse El Hotel. Incluso desde la azotea de mi edificio en San
Agustín, el barrio de la periferia en el que he vivido desde siempre.
El Habana Libre es un inmenso muro clavado en el esternón de El Vedado (el corazón debe de estar algo más allá, quizás sobre el campus de la Universidad). Pero también un menhir,
una anacrónica pieza de televisor soviético, un panel de luces de ciencia ficción, una torre para sobrevolar la ciudad, una rampa de lanzamiento de auras tiñosas, una reliquia de la vanidad del
siglo XX, una cámara fotográfica. Todo depende del ángulo que escojamos, del encuadre, del color.
He pasado miles de veces a la sombra del antiguo Hilton. Conozco su lobby, algunas de sus tiendas, el cabaret Turquino. Ignoro cómo será la vista desde una de sus habitaciones de cinco estrellas:
despertar, salir al balcón y observar el tráfico en 23 y L desde arriba. Y luego regresar a la cama a dormir, mientras abajo la vida real continúa.
Nacida de la espuma.
Te cubres, Venus, si la mirada de un transeúnte explora tus senos, y luego desciende por los pliegues del peplo hasta tus
piernas. Accidentales encuentros que no erosionan tu pequeña divinidad, protectora de las veleidosas aguas de una fuente de El Vedado.
De espaldas al mar, por la lógica imprecisa de un arquitecto, no ocultas tu desdén ante ese armatoste de acero y hormigón que
te corteja: Argos de cien ventanas.
Presa entre caminantes lascivos y un espanto cúbico; al borde de un mar de cemento adusto, ¿qué íntimo esplendor sujeta tu ser
a la piedra? ¿a qué tan estéril persistencia?
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