
Ahí está Lenin, adusto, en su marmórea soledad.
Observa el cielo y escucha, tal vez, la música que atraviesa los bosques de coníferas, y los bambúes del Parque Lenin, en las afueras de La Habana. Es la melodía de los "picnic": la renacida,
pequeña, aparatosa, kitsch, abigarrada burguesía citadina, que se tiende los fines de semana sobre el césped, manteles de cuadros y reggaetón en las reproductoras de los autos: la belle
époque.
Cierto, también vienen los hijos de aquel, que se gastó la vida en la forja o en el cañaveral, y le queda el consuelo de la máquina rusa, vanguardia de décadas, inexpugnables Ladas, o Moskvich, o Fiat Polski, etcétera, etcétera. Hechos allá, donde hoy, quizás, no exista una sola estatua de Lenin.
Ahí está Lenin. Sigue las nubes con la mirada y espera el diluvio, que no acaba de llegar.
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