Cada día en La Habana caen de uno a tres edificios, o parte de ellos. La matemática de los desplomes puede sumar más de mil
de-construcciones al final del año. Y cientos o miles de personas en el ejército de los albergados, afectados, jodidos por la antigüedad, la física (esa ciencia tan grave), el exceso de humedad o,
simplemente, por la mala suerte de vivir en una ciudad decrépita, carente de madera para apuntalar: último recurso ante la evidencia de que se cae, esa pared, ese techo, esa escalera, ese pedazo de
fachada, como un rostro que la memoria pierde, una fotografía gastada por tanta luz.
Pero también existe la felicidad de quien se muda a casa nueva y cree, al menos por unos días, en la benevolencia divina y lo bello que es vivir.
Estas piedras al sol lo presienten. Hondo en su mutismo pétreo, las escenas de la dicha que contemplarán, transcurren una y otra vez, como en la sala oscura de un vetusto cine de
barrio.
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