¿Qué espera mi madre, siempre tejiendo, sola en la casa del alba al atardecer? Acaso el regreso fiel de mi padre, Odiseo sin hazañas célebres, salvo la desusada
honestidad, el haber trabajado y no pedir honores.
El hilo que mi madre teje, la vida nuestra, tal vez, prolonga. Y la suya: mi madre quiere vivir trescientos años, como los gnomos.
Sus prodigios trenzados en cualquier rincón de la casa moran, con las mil muñecas, y los paisajes de parches multicolores.
Las manos de mi madre: el anillo de bodas y los delfines de mi hermano: príncipe que habita en el país donde comienza el día. Cada línea en sus dedos es una noche de velar por mi salud de niño
enfermizo, y una comida deliciosa hecha "de corre-corre", y una cura dolorosa, y una inyección, y una caricia.
Las manos de mi madre, tejiendo la belleza, vivas hasta después del minuto final.
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